Cómo formular un bálsamo natural: ingredientes, plantas y aceites esenciales

Aunque sigo disfrutando muchísimo haciendo jabón, cada vez dedico más tiempo a elaborar bálsamos, ungüentos y cremas. La razón es muy sencilla: con los años he ido preparando mis propios oleatos, tinturas y plantas secas, y llega un momento en que casi resulta inevitable querer darles un buen uso.

También he ido cambiando algunos hábitos. Poco a poco me he acostumbrado a elaborar en casa productos que antes compraba ya preparados. No porque todo lo comercial sea peor, ni mucho menos, sino porque disfruto formulándolos yo misma y, en muchos casos, consigo exactamente el tipo de producto que necesito.

Hace ya bastantes años alguien me regaló una receta para aliviar las molestias articulares. Curiosamente, no fue porque yo las padeciera, sino porque quienes me conocen saben que siempre me ha interesado aprender sobre plantas medicinales, aceites vegetales y esos remedios tradicionales que han pasado de generación en generación.

Me gusta conocer cómo se cuidaban nuestros abuelos cuando el médico estaba lejos, las boticas disponían de pocos recursos y muchas familias no podían permitirse comprar medicamentos. Aquellos remedios caseros no eran mágicos ni sustituían la atención sanitaria, pero forman parte de un conocimiento popular que merece conservarse y entenderse.

Hoy sabemos mucho más sobre las plantas medicinales y también sabemos que no todas funcionan como tradicionalmente se pensaba. Sin embargo, algunas sí cuentan con estudios que respaldan determinados usos cosméticos o tradicionales, y conocerlas resulta, cuando menos, interesante.

Existen numerosas plantas que tradicionalmente se han empleado para ayudar a aliviar la sensación de dolor o de pesadez muscular y articular. Pueden prepararse en forma de infusiones, tinturas, aceites macerados, cataplasmas o compresas. En esta ocasión voy a centrarme en una de mis formas favoritas de utilizarlas: los bálsamos.

Los bálsamos, también llamados ungüentos anhidros o oleogeles cuando están elaborados únicamente con aceites y ceras, tienen una ventaja importante frente a muchas cremas: al no contener agua, no necesitan emulsionantes y, en muchos casos, tampoco requieren conservantes frente al crecimiento de bacterias y hongos. Además, crean una película protectora sobre la piel que prolonga el contacto de los ingredientes vegetales con la zona de aplicación.

Eso sí, conviene recordar que un bálsamo no sustituye un tratamiento médico ni "cura" problemas articulares. Su función es ayudar a cuidar la piel y, dependiendo de los ingredientes empleados, proporcionar una agradable sensación de confort mediante el masaje, el calor o el frescor que algunos extractos y aceites esenciales pueden aportar.

Y precisamente de eso quiero hablar hoy: de cómo preparar un buen bálsamo aprovechando el potencial de las plantas, pero sin perder de vista que la mejor formulación siempre es aquella que combina tradición, conocimiento y sentido común.



Ingredientes

Cuando elaboramos un bálsamo encontramos distintas formas de aprovechar una misma planta: planta seca, oleato, tintura, extracto o aceite esencial. Aunque todas procedan de la misma especie vegetal, no son productos equivalentes.

Por ejemplo, un aceite esencial de romero y un oleato de romero comparten el mismo origen botánico, pero su composición química es muy diferente. El aceite esencial concentra únicamente los compuestos aromáticos volátiles obtenidos por destilación, mientras que el oleato extrae principalmente sustancias liposolubles mediante la maceración de la planta en un aceite vegetal.

Por este motivo, un aceite esencial no es simplemente un oleato "más potente", ni ambos pueden utilizarse indistintamente.

Existe además una creencia bastante extendida de que "si es natural, no puede hacer daño". Nada más lejos de la realidad.

Los aceites esenciales son materias primas muy concentradas y deben utilizarse siempre en las dosis adecuadas. Algunas plantas tradicionalmente empleadas para aliviar la sensación de molestias musculares o articulares, como la canela (Cinnamomum verum J.Presl), el jengibre (Zingiber officinale Roscoe), la cayena (Capsicum annuum L.) o el romero (Salvia rosmarinus Spenn.), producen una agradable sensación de calor gracias a su acción rubefaciente. Sin embargo, utilizadas en concentraciones excesivas pueden provocar irritación, enrojecimiento e incluso dermatitis de contacto.

Por eso, cuando no se tiene experiencia formulando, suele ser más seguro trabajar con oleatos o con la planta seca, reservando los aceites esenciales para pequeñas cantidades bien calculadas.

Aceites vegetales

No es necesario utilizar un único aceite vegetal; de hecho, combinar varios suele proporcionar mejores resultados.

El aceite de oliva virgen continúa siendo una excelente opción, aunque cada vez utilizo más el aceite de jojoba (Simmondsia chinensis) y el aceite de pepita de uva (Vitis vinifera), tanto por su textura como por su rápida absorción.

Otros aceites muy interesantes son:

  • Aceite de almendras dulces (Prunus amygdalus dulcis).
  • Aceite de borraja (Borago officinalis).
  • Aceite de lino o linaza (Linum usitatissimum).
  • Aceite de ricino (Ricinus communis).

Mantecas

Las mantecas aportan consistencia al bálsamo y ayudan a proteger la piel.

Las más utilizadas son:

  • Manteca de karité (Vitellaria paradoxa).
  • Manteca de cacao (Theobroma cacao).
  • Aceite de coco (Cocos nucifera).
  • Aceite de laurel (Laurus nobilis).

Ceras

La cera será la encargada de dar estructura al preparado.

Las opciones más habituales son:

  • Cera de abeja (Apis mellifera).
  • Cera de carnaúba (Copernicia prunifera), una excelente alternativa vegetal para formulaciones veganas.

Plantas

Siempre que sea posible prefiero utilizar plantas secas, ya que contienen mucha menos humedad y disminuye considerablemente el riesgo de deterioro del preparado.

Según la formulación pueden emplearse:

  • en forma de oleato;
  • pulverizadas (micronizadas);
  • mediante tinturas;
  • como extractos;
  • o directamente maceradas en el aceite.

Las posibilidades son enormes. Estas son simplemente algunas de las plantas que utilizo con mayor frecuencia en este tipo de bálsamos.

  • Corteza de abedul (Betula pendula Roth).
  • Albahaca (Ocimum basilicum L.).
  • Alfalfa (Medicago sativa L.).
  • Árnica (Arnica montana L.).
  • Canela (Cinnamomum verum J.Presl).
  • Cayena (Capsicum annuum L.).
  • Cúrcuma (Curcuma longa L.).
  • Harpagofito (Harpagophytum procumbens (Burch.) DC. ex Meisn.).
  • Jengibre (Zingiber officinale Roscoe).
  • Laurel (Laurus nobilis L.).
  • Ortiga mayor (Urtica dioica L.).
  • Manzanilla de Castilla (Matricaria chamomilla L.).
  • Sauce blanco (Salix alba L.).
  • Eucalipto (Eucalyptus globulus Labill.).
  • Clavo de olor (Syzygium aromaticum (L.) Merr. & L.M.Perry).
  • Menta piperita (Mentha × piperita L.).
  • Lavanda verdadera (Lavandula angustifolia Mill.).

Aceites esenciales

Los aceites esenciales deben seleccionarse en función del objetivo de la formulación y utilizarse siempre correctamente diluidos.

En este bálsamo he elegido:

  • Lavanda verdadera (Lavandula angustifolia Mill.).
  • Niaulí (Melaleuca quinquenervia (Cav.) S.T.Blake).
  • Eucalipto azul (Eucalyptus globulus Labill.).
  • Cajeput (Melaleuca cajuputi Powell).
  • Manzanilla de Castilla (Matricaria chamomilla L.).

Conviene no confundir un aceite esencial con una fragancia cosmética o una esencia aromática. Las fragancias tienen como finalidad perfumar el producto, mientras que un aceite esencial es un extracto vegetal obtenido por destilación o expresión, con una composición química propia. Por ello, no son intercambiables y tampoco cumplen la misma función dentro de una formulación.

Bibliografía

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